La oración está basada en el propósito y en la promesa de Dios. Orar es someterse a Dios. La oración no tiene ningún lamento en contra de la voluntad de Dios.
| Los propósitos maravillosos necesitan oraciones maravillosas para ser ejecutados. Las promesas que producen milagros necesitan oraciones para ser cumplidas. Solo la oración divina puede operar promesas divinas o llevar a cabo propósitos divinos. ¡Cuán grandes, cuán sublimes y cuán exaltadas son las promesas que Dios hace a su pueblo! ¡Cuán eternos son los propósitos de Dios! Sin embargo, nuestras oraciones son demasiado coLrtas y débiles como para ejecutar los propósitos, o para reclamar las promesas de Dios con el poder adecuado. ¿Por qué estamos tan empobrecidos en nuestra experiencia y vivimos en un nivel tan bajo cuando las promesas de Dios son “preciosas y magníficas”? ¿Por qué los eternos propósitos de Dios se mueven tan tardíamente? ¿Por qué son tan pobremente ejecutados? Fracasamos en cuanto a apropiarnos de las promesas divinas y hacer descansar nuestra fe en ellas, y orar con fe es la solución. “No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones”. La oración está basada en el propósito y en la promesa de Dios. Orar es someterse a Dios. La oración no tiene ningún lamento en contra de la voluntad de Dios. Puede clamar contra la amargura y el terrible peso de una hora de angustia indecible: “Si es posible, pase de mí esta copa”. Sin embargo, está sobrecargada con la sumisión más definida y más dulce, “Pero no sea como yo quiero, sino como tú”. La oración en su forma habitual y en su corriente profunda, es una conformidad consciente de la voluntad de Dios, basada en la promesa directa de su Palabra, y bajo la luz y la aplicación del Espíritu Santo. Nada es más seguro que La Palabra de Dios como fundamento de la oración. Oramos solo cuando creemos en La Palabra de Dios. Está basada directa y específicamente en las promesas de Dios reveladas en Cristo Jesús. La oración no tiene otro suelo sobre el cual sembrar su ruego. Todo lo demás es oscuro, arenoso e inconstante. No son nuestros sentimientos, méritos u obras, sino la promesa de Dios la base de la fe y la tierra firme de la oración. |
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