jueves, 28 de enero de 2016

Congregación

Parte esencial de la vida de un creyente es pertenecer a una iglesia. Sin embargo, hay quienes se consideran creyentes, pero deciden no unirse a una congregación.
Hay quienes dicen no pertenecer a una iglesia por falta de tiempo. Relacionarte con alguien toma tiempo. Tener amistades toma tiempo, construir una familia y vivir en comunidad toma tiempo. Esa es la verdad. Hace falta tiempo, y tienes que sacar el tiempo. Y, por lo general, quien dice no tener tiempo es porque no sabe administrar bien su tiempo y lo pierde en cosas sin importancia. Se requiere disciplina para aprovechar el tiempo. Lo que demuestra que vivimos en comunidad es que nuestro tiempo no sea tan solo para nosotros, sino que lo dediquemos también a la vida de otros.
Otros temen ser juzgados, rechazados, y entones no se integran a la casa de Dios, no experimentan lo que es vivir en una ciudad asentada, en una ciudad expuesta, por estos temores. Pero no hay forma de complacer a todo el mundo. Si no es por obeso, entonces por delgado lo rechazan; si no es por alto, es por bajo. Siempre va a haber una crítica, una condenación, alguien juzgando; pero tiene que haber un día donde tú entiendas que tú eres parte del organismo más grande: la iglesia de Cristo. Y hay gente que te va a perseguir, pero bienaventurado tú, cuando te persigan por la causa del Dios Todopoderoso.
Tú perteneces a algo de lo cual tú extraes fuerzas, y perteneces a alguien que te da seguridad. Nada de lo que el mundo pueda decir debe separarte de lo que Dios tiene para ti.
La peor razón por la cual la gente no se conecta en una iglesia, es por lo mismo que vemos en la historia de Caín y Abel. En Génesis 4, vemos que ambos hermanos presentaron una ofrenda a Dios. Dios miró a Abel y a su ofrenda con agrado; no así a Caín, quien se ensañó contra su hermano y lo mató.
Uno de los problemas más grandes que algunos tienen es que no son capaces de ver cómo Dios hace algo grande con otros, y disfrutarlo. Sin darnos cuenta, asistimos a la iglesia, y no siempre cambiamos las actitudes que teníamos cuando estábamos en el mundo, y se nos hace difícil asistir a la misma iglesia, adorar al mismo Dios, y que otro obtenga resultados que nosotros no estamos obteniendo. Y se nos llena la mente de envidia, celo, coraje, porque vemos cómo otros prosperan, cómo mejoran, mientras que nosotros no tenemos los mismos resultados. Y es que puedes servir al mismo Dios, en el mismo sitio, pero no necesariamente de la misma manera, con el mismo corazón, con la misma actitud.
Lo mismo pasó con los hermanos de José; les dio celo, envidia, porque el padre le hizo una túnica de muchos colores a José. Podríamos pensar que el problema fue que Jacob estableciera preferencia con José, pero el problema en nuestra sociedad es que los padres le dan a los que se portan mal, lo mismo que a aquellos que se portan bien. Ese sí es un verdadero problema. Hemos creado una sociedad donde pensamos que todo el mundo debe tener los mismos resultados, y no es así. Podemos vivir en el mismo país y tener las mismas circunstancias, pero podemos tener resultados diferentes, si le servimos al Dios Todopoderoso y conducimos nuestras vidas de una manera diferente.
En Lucas 15, vemos la historia del hijo pródigo, quien se va y gasta toda la herencia. Cuando regresa, el hijo mayor se queja de que estuvieran haciendo fiesta. El padre no estaba celebrando lo que el hijo hizo. El padre nunca se fue de la casa, sino que respetó que el mayor estuviese allí, y se quedó en la casa, esperando que su hijo perdido regresara. Y, cuando se arrepintió y quiso poner su vida en orden, entonces, celebró. Pero el mayor no podía ver que hubiera alguien que recibiera la bendición de arrepentirse.
Cuando lo que hacemos es compararnos con los demás, en lugar de ser una ciudad asentada, nos convertimos en un lugar de competencia. Y, a veces, sin darnos cuenta, en nuestras iglesias permea ese espíritu de envidia, donde no podemos celebrar las bendiciones que Dios da a otros. Entiende que una de las cosas más poderosas que puede pasar en tu vida es que genuinamente comiences a alegrarte por lo que Dios está haciendo en la vida de otra persona. Cuando Dios bendiga a alguien más, alégrate y pregúntale qué fue lo que hizo para alcanzarlo.
Caín se enojó con Abel porque adoró al mismo Dios, en el mismo lugar, con diferente resultado. Por supuesto, la adoración de Abel fue diferente a la de Caín. La adoración de Abel fue una adoración de excelencia, de corazón, genuina, y Dios la recibió como olor grato. A Caín le molestó que Dios honrara la vida de aquel que había hecho lo correcto.
Uno de los problemas más grandes que hay en la iglesia es que no sabemos manejar la grandeza de aquellos que están a nuestro alrededor. Si te separan los corajes y las heridas, cuando el que está a tu lado prospere, te vas a molestar. Y es triste vivir con esa mentalidad, cuando, en realidad, servirle a Dios con excelencia tiene recompensa.
No le sirvas a Dios para tener los mismos resultados que tiene el resto del mundo. Sírvele porque él ha prometido que, si caminas por el camino correcto, de la manera correcta, él va a transformar tu vida. Dios te ha unido a un grupo de personas para que puedas ver el crecimiento, el desarrollo, la bendición que él les da, y sepas que eres parte de eso que está pasando. Cada vez que Dios bendice a alguien, dale gloria a Dios porque, con lo que tú estás haciendo, con lo que estés aportando en tu iglesia, tú eres parte de ese milagro. Dios te ha puesto en dónde estás, para recibir bendición, y para ser bendición. No permitas que ningún pensamiento te aísle del lugar al que Dios te ha llevado. 

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