domingo, 7 de octubre de 2018

Escudo

“¿Por qué estáis así amendrentadosí ¿Cómo no tenéis fe?”—Marcos 4:40
“No temas … yo soy tu escudo.”—Génesis 15:1
La situación pareció peligrosa y sin remedio al grupo en el bote a la deriva en el lago de Genesaret. El agua inundaba el bote, el viento lo movía de un lado a otro, y las olas chocaban sin piedad contra él. Los aterrados marineros así como los discípulos acudieron a Jesús quien dormía. Desesperadamente sollozaban, en la misma forma en que muchos de Sus seguidores sollozan hoy día: “¿No tienes cuidado que perecemosí” (Mc. 4:38). Jesús sí los cuidó, ya que se levantó de inmediato y aplacó la tormenta para que el mar volviera a la tranquilidad.
El Salvador los protegió en esa ocasión, y El te protegerá ahora. El mismo espíritu poderoso del Cristo que habló con autoridad en aquel entonces, hablará a través de ti, diciendo: “Calla, enmudece” (Mc. 4:39). Así como obró milagros en el pasado, obrará milagros ahora. Este poderoso Espíritu obrará en ti para brindar seguridad, protección y paz.
Sin importar quién eres, dónde te encuentras, o qué peligros te rodean, tienes el mayor poder protector posible cuando estás consciente de la presencia amorosa de Dios. Su presencia es todo poder y toda fuerza. En cada momento, donde te encuentres, afirma la presencia de Dios y permanece en ella. Libérate de todo pensamiento de miedo, maldad y daño. Cuando tu mente y corazón son libres, Dios en ti es poder y protección, y no hay peligro que pueda dañarte.
Las paredes impenetrables del Espíritu siempre te rodean. Donde estés, Dios también está. Seas quién seas, Dios te ama porque eres Su creación. Hagas lo que hagas, Dios te acompaña, guía y ayuda. El amor divino te mantiene a salvo. Dios mora en ti como una presencia amorosa y vigilante.

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