miércoles, 6 de mayo de 2020

Miedo

 “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.” (Mateo 10:29-31)

Introducción

La providencia de Dios nos protege todos los días. Por eso no debemos tener miedo, porque nada ocurrirá que Dios no lo permita. Si tenemos miedo, muchas veces es por falta de confianza en el poder de Dios. Desterremos esto de nuestra vida y vivamos como hijos que se sienten seguros junto a su Padre.

I. Estamos en las manos del Padre (vers. 29)


a. Toda la creación está ante los ojos de Dios. Nada nos ocurre que Dios en su infinito poder no lo haya permitido, para obtener de ello un bien mayor. Estamos en sus manos, entregados a su providencia y sabiduría. Por eso no tenemos que temer a nada, sabiendo que Dios vela por nosotros y que nuestra oración es escuchada si pedimos con fe (vers. 29).
b. Tenemos la promesa de que Dios estará siempre a nuestro lado, para darnos su protección y su amor. No hay algo que realmente pueda contra la fe del creyente, porque del lado del cristiano está Jesús. Lo que hace que muchas veces tengamos miedo, es nuestra falta de confianza en el poder de Dios. En lo profundo de nuestra alma debemos estar convencidos de que no hay nada más poderoso que Cristo, y que nuestras vidas le pertenecen (Juan 14:1).
c. Los niños pequeños, cuando están al lado de sus padres, no tienen temor. Por eso se escabullen en la noche a dormir en sus camas, porque ahí se sienten seguros ante cualquier peligro. Nosotros debemos hacer lo mismo con Dios. Frente a cualquier peligro, tenemos que recurrir a su protección, porque allí es donde estaremos verdaderamente seguros y sin temor (Romanos 8:15).
d. El hombre nada puede hacernos que nos arrebate de la mano de Dios. Nosotros solos somos los que nos alejamos de Él y de su protección. El caer en la tentación y pecar, es lo que rompe nuestra amistad con Dios y nos pone a merced del enemigo de nuestras almas. Ninguna persona nos alejará del amor de Cristo, si nosotros no se lo permitimos (Salmo 56:4).

II. Somos muy valiosos para Dios (Mateo 10:31)

a. El fundamento de nuestra confianza en Dios es que Él entregó a su Hijo por nosotros. Cristo vino al mundo a redimirnos mediante su sangre, cumpliendo la misión dada por el Padre. Si tanto entregó Dios por nosotros, es porque somos valiosos ante sus ojos. Somos más importantes que todas las creaturas juntas, por lo que no debemos temer de estar abandonados de la mano de Dios (vers. 31).
b. Toda la Escritura sirve para la consolación en el temor. Porque continuamente podemos leer en ella palabras de protección y confianza en Dios. Las promesas hechas a nuestros padres siguen vigentes y Cristo vino a confirmarlas. No estamos abandonados de Dios, al contrario, está más cerca aún por el Espíritu Santo (Josué 1:9).
c. En la oración ferviente y la lectura de la Palabra de Dios encontraremos el remedio al miedo que nos hace pequeños de espíritu. Si oramos a Dios con fe, lo sentiremos cerca nuestro y Él nos consolará en la turbación del corazón. Pero tenemos que confiar, sabiendo que no hay nada más poderoso que las promesas de Dios para sus hijos. Abandonémonos en sus manos y exclamemos con fe: “¡Abbá, Padre!” (Filipenses 4:6-7).
d. El remedio para el temor es el amor. Si llenamos nuestra vida de amor hacia Dios y hacia el prójimo, el temor no tendrá lugar. Ya sea miedo a los demás o miedo a nosotros mismos, lo podremos vencer si practicamos el amor. El único temor que sirve es el de ofender a Dios, e incluso éste puede ser perfeccionado a través del amor verdadero (1 Juan 4:18).

Conclusión

Vivimos dentro de los designios de Dios y en las manos de su providencia. Por ello no debemos temer a nada, porque nada ocurre que no esté previsto por Él. Si tenemos miedo es porque nos falta confianza en su poder (Isaías 41:13).

Muchas cosas pueden ocurrirnos, pero ninguna tan grave como nuestra condenación. Si no nos alejamos de Dios, esto tampoco debe inquietarnos, porque Él no permitirá que nos perdamos si estamos a su lado. No tenemos que temer si el cayado de Cristo es el que nos guía en nuestra vida (Salmo 23:4).
Todos nuestros temores y preocupaciones, todos nuestros miedos se disipan en Dios. A Él debemos recurrir y en Él debemos descargar todo lo que aqueja nuestro espíritu. Depositemos en Él nuestros miedos y recibamos su amor de Padre, que nos cobija y nos protege de todo mal (1 Pedro 5:7).

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