martes, 22 de marzo de 2016

Rendirse

Me encontraba en un momento dorado con el Espíritu de Dios. Lo adoraba y pasaba largas horas con Él sin darme cuenta, estaba viviendo cosas tremendas en mi intimidad con Él. Puedo comparar lo que vivió David enfrentando al oso y al león con mi propia experiencia. Lo digo con humildad, sin ser pretencioso.
Los días que siguieron fueron una verdadera escuela en el Espíritu y algo comenzó a ocurrir, algo comenzó a pegárseme, pero yo no lo sabía. La gente entraba a mi estudio y se quebrantaba, o cuando oraba en la oficina y salía por alguna razón, los veía llorando o postrados junto a mi puerta y me decían: «Pastor, lo que aquí sentimos mientras usted está dentro orando nos lleva a arrodillarnos, nos hace llorar, es algo glorioso; ¿qué sucede allá?».
Todo estaba ungido por el Señor. Las grabaciones de las prédicas se hacían de una forma muy rudimentaria, se las pasaban de mano en mano y después nos llegaban los reportes de lo que Dios hacía con esos casetes, porque era lo que se usaba en aquella época. Recuerdo que uno de estos llegó a manos de un guerrillero, que tiempo después logró escaparse del grupo al que pertenecía. Posteriormente nos contaron que por el mensaje de ese casete, se había entregado a Cristo, no quería otra cosa que consagrar su vida por entero al Señor y, de hecho, hoy es pastor. ¡Eso es maravilloso!
Yo no sabía que todo esto ocurriría hasta que el Espíritu Santo me dijo: «Lleva mi presencia a la iglesia». No tenía idea de que por causa de mi entrega a Él, no sólo yo, sino todo a mi alrededor, cambiaría.
Todo comenzó con nuestro buen deseo de crecer como iglesia utilizando algunos métodos que a otras congregaciones les habían funcionado bien. Decidimos que implantaríamos el sistema de discipulado personal. Capacitaríamos a diez líderes y cada uno lo haría a su vez con siete personas más. Pasados tres o cuatro meses, cada una de esas siete personas haría lo mismo con cinco personas, y de este modo nos multiplicaríamos.
Así comenzamos a orar por la bendición de Dios para nuestro trabajo. Ante la imposibilidad de conciliar el sueño, pensaba en cuántos seríamos en cuatro meses, ocho meses, dos años... En mi mente veía miles. En horas de la madrugada me arrodillé y oré diciendo: «Señor, tu Palabra dice que a su amado dará Dios el sueño, ¿por qué no puedo dormir?». Entonces la voz del Espíritu Santo habló a mi espíritu: «No te preocupes por los números, lleva mi presidencia a la iglesia».
Mientras clamaba a Dios llegué a creer que temblaría esa primera mañana luego de semejante Palabra. Serían las seis de la mañana cuando nos reunimos para orar. Éramos dos personas que vivían muy cerca, mi esposa Patty y yo. Tomé el liderazgo en la oración por dos razones: la primera, porque yo era el pastor, y la segunda, porque el Espíritu Santo me había inspirado para que clamara por su presencia. Oramos esta mañana por casi dos horas. Estaba postrado con el rostro sobre el tapete y expresé así mi ruego: «¡Señor, danos hoy tu presencia!». Recuerdo que grité con intensidad mi petición. Esperé que el lugar temblara, o quizá apareciera una señal, pero nada de esto sucedió. Entonces, en un momento, Patty levantó su mirada y dijo: «El Señor me dice que si queremos su presencia, Él demanda de nosotros humildad». Eso fue todo.
Luego leí lo que dice Dios en el libro de Isaías: «Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados» (Isaías 57:15).
Este texto dice que Él hace habitar su presencia con el quebrantado y el humilde de espíritu. La Escritura nos enseña que Él mira de lejos al soberbio. Entonces reconocimos dónde estaba la clave y dijimos: «Si no somos humildes, el Santo nos retirará su presencia».
¡Humildad! Esta era nuestra tremenda responsabilidad. Uno a uno fuimos recibiendo los principios sobre los que se fundamentaría nuestro avivamiento; humildad era el primero. Recordé lo sucedido a un predicador evangelista que vino a compartir sus enseñanzas sobre la sabiduría que Dios le dio para predicar. Tenía un grave problema: el orgullo. Miraba con desprecio a otros pastores. Dos de ellos me contaron que al solicitarle oración, los trató con menosprecio y altivez. Este evangelista regresó a su país e inmediatamente perdió la voz. Cuando recordé este incidente, corrió un escalofrío por mi espalda. Entonces me postré diciendo: «¡Señor, acepto tu demanda, hazme humilde!».
Debo recordarme este suceso porque sé de muchos predicadores que han tropezado con la misma piedra que yo, y con ellos reitero mi plegaria: ¡Oh sí, Padre, revístenos de humildad!
El Espíritu Santo quería que todo lo que yo estaba viviendo con Él en mi lugar secreto también fuera llevado a la iglesia. Mis ojos fueron abiertos y con total claridad supe que debía devolverle el lugar que a Él le pertenece. El Señor Jesús nos lo envío para que estuviera con nosotros y dirigiera la iglesia, pero nosotros tomamos su lugar y lo desconocemos. A partir de ese momento le entregamos el control de la iglesia a Él, le dijimos: «Pastoréanos, Espíritu Santo». Él nos ha estado enseñando a dirigir los servicios conforme su voluntad, a movernos como quiere. Créeme, no es fácil, pues no nos gustan las cosas que no podemos controlar y frecuentemente debemos recordar que Él es el dueño, el Señor, y rendirnos de nuevo ante su presencia.

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